miércoles, 7 de noviembre de 2012

Zugzwang. Sólo respiro.


Necesito recordar a veces que hay tantísima belleza en el mundo que siento que no lo aguanto, y que mi corazón va a colapsar.
American Beauty

Esta es quizás, una entrada desasosegante. Si alguien venía a tranquilizarse o a reírse un poco, mejor que deje de leer.

En mi casa. Todo parado.

Corría. Nadaba. Escribía. Me distraía. Sembraba. Pensaba. Futuro. Dibujaba. Brujuleaba. Twitter. Gmail. Correo trabajo. Planes. Viajar. Futuro próximo. Coche. Navidad. Decoración. Arte. Pompones. Proyectos. Mil. Millones. Futuro lejano. Dos mil pestañas abiertas. Ocio. Creía que pensaba. Conciencia. Pánico. Futuro. Ansiedad. Realidad. Accidente. Conciencia. Crisis. Llanto. STOP.

Alguna vez, hablando con gente en mi misma situación (hola Cope, Nesita y los que me olvido) coincidimos en que después de leer una tesis, uno no vuelve a ser el mismo y cuesta volver a arrancar la vida en el punto que la habías dejado apoyada para cuando volvieras.

En cualquier caso, si bien en verano (este verano, seis meses después de la defensa de la tesis, ahí es nada...) conseguí desconectarme algo, sospecho que la ¿nueva? rutina de trabajo desde enero ha sido determinante de la situación actual. No es ni buena ni mala. Creo que me estoy reajustando. Detesto usar esta palabra, sobre todo desde que parece que se ha puesto de moda, pero sí... estoy en zugzwang.
Más o menos, para los que no tenemos ni idea de ajedrez viene a ser la posición que obliga a mover y ese movimiento empeora la situación y hace perder la partida. O lo que en términos más coloquiales y menos pretenciosos, describiría como un "ahogado". Pero la verdad es que sin tener idea de jugar ni mínimamente bien al ajedrez, y más por la afición que le tiene mi padre, me encanta este concepto (como otros del ajedrez). Supongo que incluso para los que no sabemos jugar, intuimos que en cierto modo el ajedrez es la vida -y no, no me refiero a aquel libro de El Ocho, gracias-.
La ¿nueva? rutina de trabajo en sí, no implica nada nuevo, sigo en el mismo sitio, gracias a un contrato-beca para la cual si con suerte consigo publicar dos artículos antes de enero, tendrán a bien "regalarme" seis meses más de contrato.
Lo sé, dos artículos es demasiado pago por seis meses de mierda, pero qué le vamos a hacer, así están montadas las cosas de la ciencia y así es como se las contamos. Aparte de esto, dada la nueva "categoría" por decirlo de algún modo, de doctor, resulta que hemos adquirido cierta responsabilidad que no llevo con desagrado. No. El problema es la dispersión de multitareas. Y un cúmulo de cosas que estoy dispuesta a desentrañar. Por lo menos para no llegar a un STOP forzoso como ahora.

Para mí la ansiedad ha sido siempre un familiar más cercano que el estrés. Después de muchos años conviviendo con cotas habituales de ansiedad, la mayoría de las veces la miro como se mira a las personas que hablan solas por la calle. El estrés es distinto. El estrés se acerca por detrás y se convierte en tu sombra. Está ahí, pasa inadvertida, es parte de ti incluso. Asumes que incluso a las 12 del mediodía bajo un sol en picado, puede estar ahí.

La constante acumulación de tareas laborales (una "to-do-list" que no desaparece, a lo Sísifo), la mirada constante en el futuro inmediato, sumado con proyectos y miniproyectos artísticos (pretendidamente para liberar el estrés) que me llenan de motivación pero también de ansiedad por finalizar, la mirada constante a cosas que me inspiran, planes de ocio que me motivan y también me agobian entre mil cosas más, ha tenido que ver con un patrón de pensamientos soterrados que se ha ido poniendo de relieve estos meses.

Con tanta proyección de futuro creo que estoy pensando en la muerte rozando un poco lo patológico. Creo que el término "angustia vital" sería muy adecuado para describir lo que me pasa. No sé exactamente si la definición oficial del término se ajusta a lo que pienso, pero en mi cabeza la conjunción de esas dos palabras me parece bastante precisa.
Llevaba varias semanas conduciendo mi camino habitual al trabajo notando varias cosas: creciente agresividad con los demás (en carretera, se entiende) y seguridad en mí misma frenada por pensamientos (ahora viene cuando vais a decir que estoy fatal de lo mío) de que me voy a chocar con la mediana y qué daño hará, y pienso todo eso mientras estoy tomando la curva, y que no, no me quiero morir con todo lo que tengo por hacer*.

*una de las cosas finales entre la maraña es tener hijos. Si alguien me habla de que es el reloj biológico, el mío está descacharrado. Será gótico o algo.

Absurdo ¿eh?
Lo veo incluso de una manera realista cómo va sucediendo todo. Viajar en avión también me supuso fuente de pensamientos bastante negros (ahora como no tengo viaje a la vista, lo quito de la lista), pero mira, sobreviví a Ryanair.
De repente, parece que en vez de vivir, hay que sobrevivir.
Hace cosa de una semana se mató el padre de una amiga en un accidente de tráfico. Empaticé hasta niveles que me hicieron empezar a pensar que no estoy del todo bien. Y literalmente cogí miedo a la carretera. No a conducir. La carretera. El trayecto. Los pasillos. Estar en medio de un sitio y otro. Supongo que de alguna manera pienso que no hay vida en el tránsito o algo así, como muy filosófico. En cualquier caso, verás que va a tener razón mi madre en que tengo mucha imaginación. Y que soy aprensiva también me lo dice.



Ya sé que tengo que volver a la carretera. Ya sé que tengo que volver a todos los proyectos que me están esperando para alimentarse. Ya sé que poquito a poco, me concentraré más, objetivo por objetivo. Porque lo que noto es falta de concentración. Internet me la da en parte. Además ahora no puedo correr, pues tengo una lesión que me obliga a parar. Ahora sólo hago yoga, con las jubiladas. Zugzwang.

Y es por eso que estoy poco en Twitter y escribo más. Porque ahora sólo... Trabajo. Leo*. Respiro.

A veces escribo.

Me concentro.

*Las correcciones de Jonathan Franzen. Me debato sobre a quién estrangular primero, si a Enid o a Caroline. Lo sé, estoy llena de pensamientos positivos.

PD: ya, ya... y también me gustan demasiado los gifs.

lunes, 5 de noviembre de 2012

Investigar con discapacidad (sordera)

Pero usted no tiene piernas, Teniente Dan...
Forrest Gump

Gastamos muchos esfuerzos en normalizar nuestra discapacidad. Gastamos tantos esfuerzos que hasta la banalizamos. Por ir detrás del "ser uno más", acabamos encontrando que definitivamente, o vivimos en un cuerpo que no es el nuestro, o alguien se ha equivocado de guión omitiendo ese dato tan normal sin importancia. Ese "pues tengo una amiga sorda, pero de verdad, que ¡ningún problema oye!". Muy bien, pues adopta un sordo.

Para haber pasado desde la situación de "hace dos días" en la que las personas con discapacidad se guardaban en casa porque estaba feo enseñarlas, no está nada mal. Pero llega la transición, y pasamos a la dictadura de lo normal. No hay que confundir "integración" con "normalidad", aunque por lo visto, igual la RAE ha decidido unificar el significado bajo la misma palabra y yo no me he enterado. La verdad que no lo sé. Pero a lo que iba, "normal" no es la meta.

Está tan enraizado el concepto (estupendo por otra parte, me encanta que me dejen ir con gente), que hasta yo misma me creo normal. Voy rauda a hacer una llamada de teléfono, y ¡ops! es verdad, está el detalle. Pero bueno, hoy puede ser un buen día como otro cualquiera para implantarse un teléfono en el cráneo.

¿Específicamente qué me encuentro en el laboratorio? No hay demasiadas cosas, la verdad sea dicha. Pero aquí parece que todavía no ha llegado nadie sordo (si estáis ahí, manifestaos). Llega un nuevo aparato, y en el afán de los fabricantes de optimizar cada vez más el espacio, las pantallas se hacen más pequeñas y algunas señales visuales se sustituyen por acústicas. Algo novedoso como "sigue girando hasta oír un click". Bueno, pues lo del click es mentira, yo seguí girando y oí un ¡CRACK!. O lo sentí, no lo tengo muy claro.

Un temporizador con vibración, señores fabricantes, tenéis un mercado ignoto por explorar. Parece una tontería, pero si necesito un temporizador (timer, para los amigos), me gustaría eliminar esa sensación de final countdown permanente que tengo. O dejar de mirarlo como si fuera a desintegrarse, por ejemplo.

Esto, por no hablar de la alarma sonora para incendios. Que vale, que sí, que oír la oigo, pero no sé, me gustan las lucecitas.

En segundo lugar, me dirijo a los organizadores de congresos. Aunque, vale, si hace que no voy al cine porque la película está sin subtitular y J se solidariza conmigo -porque, sí, yo iba al cine para socializar*- quizás esta queja no sea apropiada. Por lo menos hay Powerpoints chulos para copiar, que es lo que hago básicamente. ¿Pero un apartado para pedir adaptaciones por ser persona discapacitada? ¿O un apartado para explayarme? No sé, como son congresos internacionales (o nacionales, que también) me da como cosita acercarme. Aún con Powerpoints y todo, tengo que confesaros que me aburro un poco.

*Humm... ¡palomitas!

Y ya en tercer y más importante lugar: los comerciales. Señores comerciales, si llaman a este laboratorio preguntando por mí, y mi compañero de turno os dice que no me puedo poner -no quiero- porque soy sorda y que me contesten el mail que les he escrito....... HÁGANLO. Vale que yo tampoco soy muy lista y no se me había ocurrido quitar el número de teléfono de la firma, pero:

-Hola, ¿está tu compañera Biónica?
-No se puede poner, es que es sorda, contéstale el mail que te ha escrito. Por cierto, ¿me puedes hacer lo mismo que te ha pedido ella?
-Sí, en un momento... (tecleo de ordenador) ...ya está hecho.
-Oye, que dice mi compañera que hace una semana y media que te lo ha pedido por mail, que se lo hagas también para ya.
-Ay ya, es que como tú me lo has pedido por teléfono y ella no...


Y así es como, por cosas como éstas, llevo pegado este símbolo: